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BORDERLINE
Pertenecer en el umbral entre lo físico y lo virtual

En la sociedad contemporánea, los límites entre realidad física y realidad virtual se vuelven cada vez más difusos. La integración creciente de la tecnología en la vida cotidiana, junto con la capacidad de los entornos digitales para simular experiencias sensoriales y perceptivas, genera un territorio ambiguo donde la distinción entre lo auténtico y lo simulado comienza a desvanecerse. Paradójicamente, en medio de una hiperconectividad digital sin precedentes, emerge una sensación creciente de desconexión del mundo tangible. La expansión de las interfaces tecnológicas puede conducir a una forma de distanciamiento de la experiencia directa, favoreciendo dinámicas de aislamiento y superficialidad en las relaciones humanas. Borderline surge como una reflexión sobre el sentido de pertenencia en este contexto histórico. Más allá de las fronteras geográficas, la identidad colectiva se construye a partir de herencias culturales, memorias compartidas y vínculos con territorios específicos. Estos elementos funcionan como anclas simbólicas que nos conectan con nuestras raíces, ofreciendo estabilidad en un mundo caracterizado por la volatilidad y la aceleración tecnológica. Frente a la creciente virtualización de la experiencia, el mundo físico adquiere un papel estabilizador. La materialidad se convierte en un espacio de resistencia: un lugar donde la presencia, la memoria y la identidad encuentran una forma de permanencia. Para el desarrollo conceptual de esta obra se solicitó al modelo de inteligencia artificial GPT-3 identificar diez naciones que, desde una perspectiva cultural, manifestaran un fuerte sentido de pertenencia colectiva. Entre los países seleccionados se encuentran Japón, Islandia, India, Irlanda, Israel, Corea del Sur, Grecia, México, Brasil y Escocia; cada uno asociado a tradiciones culturales profundamente arraigadas, memorias históricas compartidas o identidades comunitarias particularmente sólidas. La serie está compuesta por diez piezas de resina que adoptan la forma de pequeños escenarios donde se representan enfrentamientos simbólicos entre el ser humano y la máquina. En cada escena aparece una bandera correspondiente a uno de los países mencionados, reinterpretada en clave minimalista mediante inteligencia artificial utilizando el sistema StarryAI. A través de estos micro-territorios, Borderline propone una reflexión sobre la tensión entre identidad cultural, tecnología y pertenencia. La obra reivindica el valor del objeto físico no sólo como forma material, sino como un gesto que se opone a la progresiva desaparición del mundo tangible frente a los procesos de digitalización y desmaterialización. Más allá de su dimensión simbólica, la pieza también se concibe como un dispositivo mediador dentro de un entorno cada vez más saturado por tecnología. Sus propiedades materiales aluden a teorías desarrolladas por Wilhelm Reich sobre los campos energéticos y el concepto de orgón, sugiriendo una interacción física con el entorno que trasciende la dimensión puramente visual. En este sentido, Borderline plantea una condición paradójica: la obra no puede reducirse a su imagen ni convertirse plenamente en un objeto digital. Su sentido reside en la experiencia material, en la presencia del objeto y en la relación física que establece con el espacio y con el espectador.

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