Rebeca González Tomelloso
ARTE CONTEMPORÁNEO
KIO RESTAS
De la imagen consumida a la memoria encarnada: el aprendizaje como proceso de filtrado, afecto y permanencia
Esta obra traza el recorrido de una imagen desde su circulación en redes sociales —donde se consume con rapidez y se diluye en flujos visuales destinados a una atención fugaz— hasta su sedimentación en la memoria íntima, proponiendo el tránsito de lo público a lo subjetivo como una metáfora de la arquitectura del aprendizaje humano. En este desplazamiento progresivo, la imagen deja de operar como estímulo visual efímero para convertirse en experiencia, recuerdo e integración afectiva, evidenciando los procesos mediante los cuales lo visible se transforma en vivencia. La pieza se articula a partir de cuatro capas de resina en Cian, Magenta, Amarillo y Negro, utilizando el modelo sustractivo CMYK como estructura conceptual (un método de impresión basado en la superposición y filtrado de pigmentos). Cada estrato cromático corresponde a una capa epistemológica: el Cian remite a la percepción sensorial primaria; el Magenta, a la modulación afectiva de la experiencia; el Amarillo, a la construcción cognitiva y simbólica del significado; y el Negro, a la integración profunda de memoria, identidad e inconsciente. La superposición de estas capas no persigue la fusión cromática, sino la visibilización del proceso de filtrado mediante el cual la realidad se constituye como experiencia subjetiva. En este proceso —donde la imagen se muestra, se distorsiona, se nombra y finalmente se teje—, lo visual deviene experiencia encarnada. El modelo sustractivo opera aquí no solo como lógica gráfica, sino como metáfora del aprendizaje: cada capa resta, filtra y transforma, del mismo modo en que la experiencia selecciona qué persiste en la memoria. La imagen no se construye por acumulación, sino por estratificación afectiva y simbólica, donde únicamente aquello que adquiere relevancia emocional alcanza cuerpo, profundidad y permanencia. Partiendo de un principio neurocientífico fundamental —sin emoción no hay aprendizaje, la obra sitúa la experiencia afectiva como condición constitutiva del conocimiento, entendiendo que toda cognición humana se inscribe en una trama de memoria, cuerpo y afecto. En contraste, los sistemas de inteligencia artificial operan mediante recombinación estadística de datos, desprovistos de experiencia encarnada y de cualquier dimensión afectiva, introduciendo una merma estructural en los modelos contemporáneos de aprendizaje. La pieza señala así la fractura entre conocimiento vivido y conocimiento calculado, y formula una interrogación crítica: si el aprendizaje humano emerge de la memoria y la emoción, ¿qué tipo de saber produce aquello que no siente, no recuerda y no habita un cuerpo? Lejos de proponerse como objeto meramente contemplativo, la obra se plantea como un dispositivo de asimilación. No interroga qué se ve, sino qué permanece. En un entorno saturado de imágenes y aceleración cognitiva, propone una experiencia material y sensorial que invita a la detención, a la afectación y a la integración. Sin ofrecer una respuesta cerrada, la pieza encarna una posición crítica frente a modelos de conocimiento desmaterializados, afirmando el aprendizaje como un proceso narrativo, corporal y profundamente humano.