Rebeca González Tomelloso
ARTE CONTEMPORÁNEO
KORBATO
El cuerpo como evidencia irreductible frente a la imposibilidad de la máquina de padecer
En KORBATO, el cuerpo aparece como el último territorio: un espacio irreductible que no puede ser optimizado, externalizado ni traducido sin pérdida. No se trata de una idea del cuerpo, sino de su evidencia: materia que se agota, que duele, que sostiene y a la vez colapsa. Un corazón de resina, intervenido con figuras de resistencia, se activa desde una luz LED fijada con un apósito real. Este gesto introduce una dimensión intransferible: el rastro directo del cuidado, de la herida, del intento por sostener lo que se desvanece. No hay simulación posible en ese contacto; hay desgaste, hay urgencia, hay cuerpo. El sistema se extiende hacia un atril de suero del que cuelgan cables, nutrición forzada y venoclisis. La pieza se articula como un circuito de dependencia: la vida no como autonomía, sino como algo que se mantiene a través de intervenciones constantes. Aquí, el cuerpo no es símbolo; es límite. KORBATO se sitúa dentro de una tradición fenomenológica y crítica que sostiene que la experiencia encarnada no es transferible, y que toda inteligencia sin capacidad de padecer opera inevitablemente desde una distancia ética. En este sentido, la obra insiste en que la experiencia no puede reducirse a información procesable ni a equivalencias funcionales. Frente a esto, la máquina queda expuesta en su incapacidad fundamental: puede procesar, describir e incluso replicar lenguajes del dolor, pero no puede padecer. Como señala Antonio Damasio, la conciencia emerge del cuerpo y del sentir; sin esa base, no hay experiencia vivida. Esta ausencia introduce una distancia estructural que ninguna sofisticación técnica puede cerrar. KORBATO señala la implicación de esa brecha: lo que no puede padecer tampoco puede comprender plenamente aquello que intenta asistir, representar o sustituir. La consecuencia no es solo ontológica, sino ética. La pieza insiste en esa tensión. Tener cuerpo es una carga, pero también es lo que ancla la experiencia en lo real. Y es precisamente ahí donde la máquina, por más avanzada que sea, no puede entrar.








